VERANO EN JAPÓN – DIA 6 (Miyajima y Kyoto)

domingo 19 de julio

Pensamos que habíamos logrado escapar del agua, pero esta mañana ha amanecido lloviendo en Miyajima. Ya sabíamos que esto podía pasar. El verano es temporada de lluvias en Japón. Nuestro paraguas ha sido destruido por el viento el Kyoto, así que tendremos que comprar uno en algún konbini.

g 22. 19jul. Miyajima

Le avisamos al dueño del hospedaje que daremos una vuelta por el pueblo y volveremos antes del horario de check-out. Aunque la lluvia es muy liviana, él nos presta dos paraguas. Y así encaramos hacia la montaña, donde se encuentra el Daisho-in, un templo de la secta Shingon, de entrada gratuita, que resulta muy interesante porque es ejemplo de la relación estrecha que en algún momento hubo entre budismo y shintoismo en Japón.

Paralela a la escalera de acceso hay, medio escondida, una escalinata bordeada por quinientas estatuas de rakan, muy distintas a las que vimos en Arashiyama pero que comparten con aquellas la característica de que no hay una igual a otra. A todas les han puesto un gorrito tejido, de distintos colores, muchas de ellas en blanco y rojo o azul y amarillo; un boca-river entre los rakkan del Daisho-in.

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En el templo hay muchas cosas para ver. Emplazado en la montaña, rodeado de árboles, hay pabellones ubicados a distintas alturas, unidos por escalinatas. En uno de ellos se encuentra la cueva de Henjokutsu que reúne los principales íconos de la ruta de peregrinación de Shikoku. Una cueva en penumbras, apenas iluminada por la luz tenue de cientos de faroles metálicos.

En el templo también se puede practicar el ritual de pedir un deseo a través de un ema. Los ema son tablillas de madera en las que se escribe un deseo. Luego se las cuelga para que los dioses las lean. Si bien se las suele encontrar en santuarios, en Daisho-in también las hay. Algunos tienen la forma de uno de los íconos de la isla, la espátula de arroz, y otros llevan la imagen de Daruma. La presencia de este rito en el templo supongo que tiene que ver con la esa estrecha relación que el templo supo tener con el shintoismo.

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Miguel y yo elegimos un ema de Daruma para pedir nuestro deseo. Y luego emprendemos camino hacia la playa, para dar un último paseo por la costanera, y visitar el santuario Itsukushima antes de dejar la isla. Cerca del santuario hay varios lugares más que vale la pena ver: otros santuarios más pequeños, una pagoda de cinco pisos y el Hall Senjokaku. Durante nuestra visita, el mar está en crecida y poco antes de irnos, las barcas ya cruzan por debajo.

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Volvemos menos ligeros de equipaje. Al bolso y a la cámara que hemos traído con nosotros, debemos agregar los  dos paraguas, que el dueño del hospedaje nos regaló al momento de hacer el check-out. “En Tokyo van a tener lluvia”, nos dijo. También nos regaló un sobre con papel de origami a cada uno. Y en el camino hacia la estación de ferry, compramos varios souvenirs, dulces típicos de la zona y regalos para la familia y amigos.

Hacia el mediodía tomamos el ferry de regreso, para conectar con un tren a Kyoto. Vamos a pasar dos noches más en la antigua capital imperial, pero esta vez en un templo. Recomiendo una estadía en el templo Shunkoin. Tiene una edificio adjunto donde hay habitaciones sencillas con baño privado y una cocina compartida con heladera donde uno pude guardar comida (debidamente rotulada) y prepararse té o café. El templo no está abierto al público general. Pero sí pueden visitarlo los huéspedes y las personas que reserven un lugar en las sesiones de meditación que el templo ofrece diariamente.

Cuando llegamos al hotel todavía hay luz, así que decidimos hacernos una escapada hasta el santuario Kitano Tenmangu. El santuario está dedicado a Sugawara no Michizane, un antiguo poeta y miembro de la corte Heian que fue deificado como kami de la sabiduría para apaciguar su alma después de varias catástrofes que sucedieron tras su muerte. El santuario es visitado por estudiantes en época de exámenes.

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Llegamos unos minutos antes de que cierre, pero tenemos el tiempo suficiente para recorrerlo tranquilos. Ya casi no hay gente. En la puerta de ingreso, quedan vestigios de la fiesta de Tanabata celebrada unos días antes. Estamos contentos. Esta visita es como una yapa, no la teníamos planeada. Hemos podido darnos el gusto de acercarnos al santuario que —por falta de tiempo— no habíamos llegado a ver unos días antes. No puede haber mejor manera de concluir el día.

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