VERANO EN JAPÓN – DÍA 25 (Tokyo, el final de nuestro viaje)

viernes 7 de agosto

Esta noche volamos a Buenos Aires. Ayer, anticipando nuestro regreso, nos decíamos: “está bien, ya disfrutamos lo suficiente. Es hora de volver. No podríamos seguir aguantando este ritmo y va a sentirse bien estar en casa.” Hoy, ya en la ciudad de Tokyo, no pensamos igual. Nos empieza a agarrar la nostalgia; la nostalgia del presente, diría Miguel citando a Borges. “¿Por qué? ¿Por qué se nos acaba? ¡No queremos volver!”

Pero todavía nos queda tiempo. Nuestro vuelo no sale hasta pasada la medianoche, recién a las nueve de la noche empieza el check-in. Así que dejamos el equipaje en lockers de la estación de Tokyo y nos disponemos a disfrutar nuestras últimas horas en Japón.

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Empezamos por volver al barrio de Shibuya. Hay más movimiento que la vez pasada, y el cruce de Shibuya, que hace unos días nos pareció algo vacío, esta vez se acerca más al recuerdo que teníamos de nuestro viaje anterior.

Damos un paseo, compramos algunos regalos, entramos a un par de librerías (Miguel sigue sin conseguir a Kawabata en tapa dura), a una sucursal de Tokyu Hands (donde venden todo tipo de artículos para pasatiempos, desde jardinería y cocina hasta manualidades, más papel para mí) y nos metemos de casualidad en una enorme tienda de ropa usada, aunque más que tienda habría que decir que ocupa todo un piso del shopping. Al parecer, hay personas en Tokyo que renuevan su guardarropa todos los años, y venden lo que compraron en la temporada anterior, así que prácticamente no tiene uso, y los precios son muy buenos. Miramos por encima, más por la curiosidad que nos genera el fenómeno que por otra cosa.

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Borges y otros autores latinoamericanos en japonés.

Tenemos un poco de hambre. Yo recuerdo que cuando hice mi investigación de campo para el viaje, leí acerca de un kaitenzushi en la zona, en alguna de las calles que cortan la peatonal Golden Gai. Por suerte, no nos cuesta encontrarlo. El sushi no es tan económico como el que comimos en Kyoto, pero sigue dentro de rangos razonables, y es bastante más sabroso. En este se hacen los pedidos a través de una pantalla táctil, y el pedido llega a través de una cinta transportadora y se detiene en el lugar donde estás sentado. Hay sushi de distintos precios, identificados por el color de los platos, pero también se pueden pedir otras cosas. Miguel se despide con un plato de udones.

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De ahí vamos a Asakusa. Aunque visitamos el barrio en nuestro viaje anterior, esta vez solo lo vimos de noche. Recorremos el paseo de compras que va de la gran puerta Kaminarimon hasta el templo Senso-ji. Es un paseo con tiendas de souvenirs, donde compramos recuerdos para nosotros y para la familia. Nos han sobrado yenes, hay que gastarlos, así que Miguel —que hasta el momento se ha resistido a comprar un rosario budista, o no ha encontrado uno que lo convenza por completo— finalmente sucumbe a la tentación y cómpralo en una tienda especializada.

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Y yo no sé si ustedes jugaban con esto cuando eran pequeños, pero en casa teníamos uno de estos monitos que se chupan el dedo, y algún rompecabezas también. En el paseo de Asakusa descubro que estos muñecos se llaman Monchichis y que son japoneses. Más tarde me arrepentiré de no haberme llevado uno vestido al estilo japonés.

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A un lado del templo se encuentra Rokku, el antiguo distrito de entretenimiento, especialmente popular antes de la guerra y famoso por su gran cantidad de teatros. Los bombardeos de la guerra lo destruyeron, y aunque fue reconstruido, hoy los centros principales de entretenimiento se han desplazado a otros barrios. Aun así, todavía se puede ir a ver rakugo en este distrito, una forma de teatro tradicional que consiste en monólogos humorísticos. A Rokku se llega desde el templo por una pintoresca calle de apenas doscientos metros que recuerda a la Tokyo del período Edo, cuando todavía no se llamaba Tokyo.

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Alejándonos unas pocas cuadras más, nos topamos con Kappabashidori, una calle donde se venden insumos para restaurantes; faroles de papel, cortinas noren, vajilla japonesa, cuchillos y la famosa comida de plástico que se usa para las vidrieras. Algunos negocios ya han cerrado, prueba de que ya es entrada la tarde, y de que se acerca nuestro vuelvo. Ahora sí se nos acaba.

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Hacia el aeropuerto nos encaminamos entonces, tan tristes por dejar Japón como fascinados con la increíble experiencia que hemos vivido durante estos últimos veinticinco días.

Chau, Japón. Será hasta la próxima.

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