PRIMAVERA EN JAPÓN – DÍA 2 (Nikko)

lunes 29 de marzo

La idea era empezar el día temprano, porque tenemos que tomar un tren hacia Nikko. Quizás me excedí un poco. A las cuatro de la mañana ya estoy dando vueltas, el jet lag me está matando. Miguel parece estar llevando mejor la diferencia horaria, y remolonea hasta las seis.

06 006 - camino a Tokyo

Después de desayunar, nos acercamos a la estación a validar nuestros pases de tren, pero nos encontramos con la ingrata sorpresa de que las oficinas de Japan Rail Pass no abren hasta las nueve. Al parecer, nuestro madrugón no tendrá recompensa. Pasamos la siguiente hora viendo pasar gente de un lado a otro de la estación. Impresiona la cantidad de gente que recorre los pasillos de la estación cada mañana. Lejos de las mareas que se forman en las estaciones argentinas cada vez que llega un tren, el movimiento aquí es constante, especialmente en hora pico, entre otras cosas porque se pueden realizar conexiones en casi todas las estaciones de Tokyo y hay trenes que tienen una frecuencia de dos o tres minutos.

Recién podemos iniciar nuestro viaje a Nikko a las nueve y media. Tomamos un tren local a Omiya, donde conectaremos con nuestro primer shinkansen hacia Utsumika, donde tenemos que volver a conectar con la línea de Nikko.

Arribamos en Nikko al mediodía. Ya venimos con el tiempo justo. La estación se encuentra en el centro de la ciudad, nuestro hotel está algo alejado, más cerca de la zona de los templos y santuarios. Hacia allá nos encaminamos, cuesta arriba, cargando con los bolsos. Es nuestro segundo día en Japón y todavía no estamos muy cancheros. Más tarde, quizás demasiado tarde, descubriríamos las beldades de los lockers disponibles en prácticamente todas las estaciones, donde uno puede guardar su equipaje durante escapadas relámpago a otras ciudades.

Parece que no llegamos nunca. En este punto, quizás sea conveniente hacer una aclaración con respecto a los mapas japoneses. No están a escala. Confiar ciegamente en ellos puede ser contraproducente. Llevamos minutos caminando y no encontramos correlación alguna entre el camino y el mapa que llevamos en la mano. El momento de mayor tensión es cuando llegamos a una encrucijada, llena de carteles en japonés que somos incapaces de leer y que amenazan con obligarnos a desandar el camino recorrido durante los últimos veinticinco minutos. ¿Dónde estamos?

06 002 - encrucijada - Nikko

Un lugareño nos ve completamente perdidos y cruza la calle para preguntarnos si necesitamos ayuda. Una rápida mirada a nuestro mapa le basta para entender la situación. “A pen”, nos dice. Y dibuja su propio mapa, en perfecta escala, y precisión milimétrica de los metros que tenemos que recorrer en cada tramo.

06 001 - hotel - Nikko - 30-03-10 05 015 - hotel - Nikko

Por suerte, no hay que desandar camino y en apenas unos pocos minutos más, distinguimos nuestro hotel, Nikko Park Lodge. Apuramos los trámites, tiramos el equipaje en nuestra habitación y corremos hacia la zona de los templos. Entre las cuatro y las cinco cierran, a esa hora ya empieza a bajar el sol, y ya se nos ha hecho tarde.

La ciudad de Nikko es conocida por su parque nacional, en el que hay dispersos varios templos y santuarios, considerados en su conjunto como patrimonio de la humanidad. El más famoso es el santuario Toshogu, que se destaca por su cargada decoración, a diferencia de la mayoría de los santuarios japoneses, que se caracterizan más bien por su simpleza.

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Son especialmente famosos sus tres monos sabios.

05 034 - Santuario Tosho-gu - Nikko

Corridos por el tiempo, nos acercamos al Taiyūinbyō, el mausoleo del tercer shogun del clan Tokugawa. Ya es tarde, y las puertas de ingreso se cierran detrás de nosotros. Entramos justo. No alcanzamos a ver el mausoleo, pero sí las dos primeras puertas, que ya de por sí son únicas.

05 074 - Taiyuinbyo - Nikko 05 071 - Taiyuinbyo - Nikko

Tanto el santuario Toshogu como el mausoleo incorporan elementos del budismo y del shintoismo, que estaban muy mezclados hasta la era Meiji. Cuando se separaron las dos religiones, se removió todo elemento shintoísta de los templos, y lo mismo ocurrió en los santuarios. Pero en algunos casos, la fusión era tal que no fue posible hacerlo. Tal es el caso de estos dos complejos. Y un ejemplo de ello es la segunda puerta del mausoleo. En la era Meiji, el mausoleo pasó a convertirse en una especie de anexo del templo Rinnoji. Sin embargo dos de los guardianes de la segunda puerta son dioses shintoístas: el dios del viento, Fūjin, y el dios del trueno, Raijin.

Llegamos también a visitar el santuario Futarasan, justo al lado del mausoleo.

05 102 - Futarasan Shrine - Nikko 05 097 - Futarasan Shrine - Nikko

Su arquitectura ya se acerca más a la típica japonesa. Llegamos un poco antes de que una de las miko (algo así como una sacerdotisa que asiste en el santuario) se disponga a cerrar las puertas.05 106 - Rinno-ji - Nikko

Para cuando llegamos al templo Rennoji, ya está cerrado, así que —foto de por medio— seguimos viaje hacia el río. Entramos a una pequeña tienda de recuerdos, donde compro una libretita para tomar nota de nuestras experiencias en Japón y preguntamos a una de las empleadas cómo se llega al puente Shinkyo.

Ki no Tsurayuki, responsable de la primera antología imperial de poesía japonesa —el Kokinshū—, dice en su prólogo que “la poesía tiene su semilla en el corazón humano donde germina hasta crecer en las hojas de las innumerables palabras” y que “no hay ser vivo sin canción”. No concibe el mundo sin poesía. Y así debe ser realmente, porque la empleada nos responde en haiku.

behind the woods
like a courtain
is sacred breach

detrás del bosque
como una cortina
el puente sagrado

A cruzar el bosque entonces. Lo encontramos sin problema. Y pasando el puente, caminando a lo largo del río, nos acercamos hasta un lugar algo más alejado, protagonista de una famosa leyenda: el abismo de Kanmangafuchi.

05 115 - Shin-yio - Nikko 05 123 - Kanmangafuchi Abyss - Nikko

Setenta estatuas de Jizo (protector de los niños y los viajeros) se disponen en hilera, mirando hacia el cañadón por el que avanza el río. Estas estatuas también son conocidas como Barake Jizo (Jizos fantasma), porque su número cambia de acuerdo con el lugar desde el que se las mire. Dice la leyenda que juegan con los viajeros, y se esconden en el bosque, lo que hace imposible contarlas. Miguel, algo incrédulo, se decide a hacerlo, las cuenta de ida y vuelve a contarlas al regreso. Y —creer o reventar— el número no le coincide.

Ya empieza a ponerse el sol. A pesar de que ya es primavera, todavía hay algo de nieve en Nikko y hace mucho frío, así que decidimos volver al hotel. Hemos reservado una comida especial para esta noche: una cena zen. La cocina zen no incluye carnes. Miguel tiembla. Yo tampoco le tengo mucha fe al tofu. Lo he comido alguna vez y no me ha resultado especialmente sabroso. Pero la cena rompe con todos nuestros prejuicios. No sé cómo lo preparan, pero el tofu está riquísimo y nos traen unas cazuelas de hongos enokitake que madre mía, qué delicia. Excelente manera de cerrar nuestro segundo día en Japón.

05 135 - cena zen - Nikko

Nos arrepentimos sin embargo de algo: nuestra ajustada agenda. Recomiendo pasar al menos un día completo en Nikko, o dos. Mañana volvemos a Tokyo con la amargura de no haber llegado a ver todos los templos y santuarios con tranquilidad. De habernos quedado más tiempo, podríamos haber disfrutado también del paisaje, que es hermoso, y visitado la villa imperial Tamozawa, antigua residencia de la familia imperial durante los meses de verano.  Quizás algún día, tengamos la oportunidad de volver.

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