Cinco templos de Kyoto

Un día alguien me dice: No tiene mucho sentido quedarse en Kyoto. Está lleno de templos. Y si viste un templo, los viste todos.

Yo abro grandes los ojos y digo: ¡No!

Y entonces agrego una entrada en mi blog para probarlo.

 

Kinkaku-ji (Pabellón de Oro) y Ginkaku-ji (Pabellón de Plata)

Voy a hablar de los dos juntos, como si fueran uno, porque son algo así como templos hermanos, pero se trata en realidad de dos, bastante distintos uno del otro y ubicados en extremos opuestos de la ciudad: uno al Oeste y el otro al Este.

Si queremos ser estrictos, en sus orígenes, ninguno de los dos eran templos. El Kinkaku-ji era una villa de descanso del shogun Ashikaga Yoshimitsu, pero su hijo la transformó luego en un templo, de acuerdo con la última voluntad de su padre.

Puede resultarle familiar a quienes leyeron la novela de Yukio Mishima, en la que se narra la historia verídica del monje loco que allá por 1950 incendió el pabellón, que —naturalmente— tuvo que ser reconstruido.

Solo con ver una foto puede uno imaginar que no hay en todo Japón otro templo como este, con sus dos pisos superiores recubiertos de láminas de oro, y sus paredes doradas reflejadas en la laguna que lo rodea.

Su pabellón hermano, el Ginkakuji, fue originalmente la villa de descanso del Ashikaga Yoshimasa, nieto del shogun que construyó el Pabellón de Oro, y también convertido en templo tras la muerte de su dueño. A pesar de su nombre, no está ni estuvo nunca cubierto de plata.

Fue durante el reinado de Ashikaga Yoshimasa que se desarrollaron muchas de las grandes artes propias de Japón: la ceremonia de té, el teatro noh, el ikebana y el diseño de jardines. Era un shogun muy interesado por el arte y la cultura y —a diferencia de lo que ocurrió con sus antecesores, cuya actividad cultural incorporaba solo a la aristocracia de Kyoto— su influencia se extendió a todo Japón. En algunas de las salas del templo se pueden admirar paneles pintados por Yosa Buson y Taiga no Ike, incorporados más tarde, porque ambos vivieron un par de siglos después.

El Ginkakuji es mi preferido absoluto. Aunque quizás no tan impresionante como el Pabellón de Oro, en cuanto entré (aun con la gran cantidad de personas que recorrían sus jardines) sentí una energía especial, como si se detuviera el tiempo.

Si tuviera que destacar algo de sus jardines, acaso sea el contraste entre su enorme jardín de arena —el mar de arena de plata— y el verde intenso que lo rodea. Eso y la linda vista de Kyoto que se llega a apreciar desde la colina en los jardines.

 

Kiyomizudera (El templo del agua pura)

Al Este de Kyoto, cruzando el corazón de Higashiyama, uno de los barrios más hermosos de la ciudad, se alza imponente el balcón del templo Kiyomizudera, rodeado por un mar de árboles: cerezos y arces. En primavera el mar se vuelve rosa, con los pétalos de sakura. En otoño toma el color rojo intenso de las hojas del arce japonés.

No quedan dudas de que el mejor momento para visitar este templo es en alguna de estas dos estaciones. Pero tiene también otros atractivos, que resisten la época del año, como por ejemplo, la fuente que da nombre al templo. En la fuente desemboca el agua de la cascada Otowa, y está dividida en tres cursos. Es considerado de buena fortuna tomar de ellos. Dependiendo del curso de agua que uno elija, puede pedir por salud, por éxito en los estudios o por éxito en el amor. Pero no se debería tomar de los tres, pues es considerado codicioso hacerlo.

Lamentablemente, se están realizando tareas de restauración en este templo que durarán al menos hasta 2020, por lo que la visita en este momento no es tan impresionante.

 

Sanjusangen-do

El exterior de este templo no es especialmente llamativo. Hay una galería, y algunos pabellones y estructuras de color naranja bordeando una laguna a un costado, que resultan especialmente bellas en primavera, por el contraste entre la madera pintada de naranja y el rosado de los cerezos. Pero el pabellón principal no es más que una larga edificación de madera, de una planta. Lo impresionante está dentro: 1001 estatuas doradas de Kannon (bodhisattva de la misericordia). Una enorme escultura central de la Kannon de mil brazos (Senju Kannon) rodeada por las otras mil de tamaño real, todas ellas de madera.

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Para quien piense en contar los brazos de cualquiera de ellas, desde ya les adelanto que no van a llegar a contar mil. Cada estatua tiene cuarenta y dos brazos. Leí que si les restamos los dos brazos que tiene cualquier humano y los cuarenta que nos quedan los multiplicamos por los veinticinco planos de existencia (que imagino corresponderán a alguna corriente del budismo), obtenemos los famosos mil brazos.

En cualquier caso, ver esas 1001 estatuas es impresionante. Por desgracia, está prohibido sacar fotos, pero se puede comprar una postal de recuerdo a la salida.

 

Otagi Nenbutsuji y Adashino Nenbutsuji

En Arashiyama, a las afueras de Kyoto, a pesar de ser poco conocido, se encuentra uno de los templos —para mí— más impresionantes de Japón: Otagi Nenbutsu-ji, del que ya he hablado en una entrada anterior. Los ojos de sorpresa comienzan a abrirse ni bien uno cruza la puerta del templo, custodiada por sus guardianes, cuando descubre, desperdigadas en las colinas, varias pequeñas estatuas de caras increíblemente expresivas. Subiendo una escalinata, la cantidad de estatuas va en aumento. Para cuando uno llega al final de la escalera, las órbitas ya le quedaron chicas a nuestros ojos.

Mil doscientas estatuas de rakan, discípulos de Buda, cubiertas de musgo, todas distintas, no hay una igual a otra. Imposible darle descanso a la cámara de fotos.

Al igual que con los Pabellones de Oro y de Plata, junto con el templo de los mil doscientos rakan, me voy a referir a otro que tiene un nombre parecido: Adashino Nenbutsu-ji. En este caso, no lo hago porque sean templos hermanos, sino porque están muy cerquita uno del otro, y si se visita cualquiera de ellos, el otro también es visita obligada, si es que uno no quiere perderse algo impresionante y único.

Adashino Nenbutsuji es único por otro motivo. No tiene estatuas, al menos no de esas con ojos, nariz y boca a las que estamos acostumbrados. Lo que uno encuentra es algo más parecido a lápidas, o pequeñas estructuras de piedra. Cientos de ellas cubren el terreno del templo, en honor al alma de los muertos que antiguamente eran abandonados a la intemperie en esta colina.

 

Shunko-in

Para terminar, haré referencia al típico templo zen. Los templos zen se caracterizan, entre otras cosas, por sus jardines de piedra o arena, que representan el estado del alma durante la meditación. No todos los templos tienen jardines de piedra, del mismo modo que no a todos se accede por la gran puerta mon custodiada por guardianes, ni todos tienen estatuas de Jizo, de Buda o de Kannon. Los templos zen, aunque no siempre (el Kinkaku-ji es una excepción, por ejemplo), suelen tener este tipo de jardines.

En Kyoto hay varios templos zen dignos de ser visitados, e incluso grandes complejos de templos de la secta. Pero como esta entrada de mi blog está dedicada a templos en Kyoto que me resultaron especialmente singulares en comparación con cualquier otro, voy a referirme a uno en especial: el Shunko-in, un pequeño templo dentro del complejo zen Myoshin-ji, que alberga varios otros templos.

¿Y por qué elijo este? No es conocido, sin dudas el Ryoan-ji o el Daitoku-ji son mucho más famosos. Shunko-in es un pequeño templo que pasa desapercibido, especialmente porque sus puertas permanecen cerradas para el público general.

Y es por lo siguiente que lo elijo. Hay dos maneras de conocerlo: alojándose allí, en una especie de hostal con habitaciones de estilo japonés, muy simples pero con baño privado (lo que resulta sin dudas muy cómodo), o yendo a meditar a alguna de las clases que el monje del templo da todos los días por la mañana. Para los huéspedes la clase de meditación va con descuento. Después de la sesión de meditación sirven té verde con galletitas japonesas.

El dinero recaudado lo usan para mantener el templo y realizar trabajos de restauración en el edificio y en los paneles dorados del su pabellón principal, pintados por Engaku Kano, y naturalmente considerados el tesoro del templo.

 

Así es que hay en Kyoto al menos cinco templos (siete, si contamos los que mencioné a dúo) que uno puede visitar sin riesgo alguno de sentir que está repitiendo excursión. Y estos son tan solo mis cinco elegidos. Hay muchos otros templos que resultan especiales, por su iluminación durante el otoño, por sus jardines, por su historia o emplazamiento. Quien tenga algún otro templo de Kyoto en su lista de preferidos, es bienvenido a compartirlo en un comentario.

En esta entrada me referí únicamente a templos budistas. En algún momento, escribiré algo similar acerca de santuarios shinto. Pero eso será más adelante. En mi próxima entrada continuaré con mi itinerario primaveral por Japón. En sintonía con lo que escribí hoy, en nuestro itinerario ya nos toca llegar a Kyoto.

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