PRIMAVERA EN JAPÓN – DÍA 10 (Kyoto)

martes 6 de abril

En los hoteles de Japón suele haber pava eléctrica y una bandejita con tasas japonesas y té verde. Nosotros no acostumbramos comer en el desayuno, así que nos contentamos con un tesito antes de salir a la calle. Estamos parando en un ryokan, un hotel con habitaciones tradicionales, de tatami. Nuestra habitación tiene baño privado con ducha, pero en el hotel hay también un ofuro, un baño compartido al estilo japonés, que tenemos pensado probar esta noche. Mientras se calienta el agua del té, doblamos los futones, y luego desayunamos consultando en la televisión el clima para hoy y para los próximos días.

Caminamos hasta el río. Tenemos pensado bajar por la avenida Kawabata, siguiendo el río Kamogawa hasta el distrito de Gion, uno de los barrios de geishas de Kyoto. En el camino cruzamos un arroyo bordeado por cerezos en flor y, del otro lado del río, identificamos las casas y restaurantes de Pontocho, otro de los barrios de geishas (porque en Kyoto hay varios).

Cuando llegamos a Gion, todavía no hay mucho movimiento. Hemos venido muy temprano para acercarnos al teatro Gion Kobu Kaburenjo, y sacar entradas para esta tarde. Durante todo el mes de abril se lleva a cabo el Miyako Odori, y las maiko y geishas del distrito de Gion realizan cuatro funciones diarias de baile por la primavera. Las entradas suelen reservarse con anticipación, pero hay un número limitado que se pueden sacar en el día, si uno madruga un poco. Antes de dirigirnos al teatro, damos unas vueltas por las calles del barrio, y aprovechamos que están desiertas para sacar fotos tranquilos.

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No estamos seguros de cómo llegar al teatro, así que le preguntamos a una señora y seguimos sus instrucciones. Pero tras caminar algunas calles en la dirección que nos ha indicado, sospecho que vamos mal encaminados, porque nos estamos alejando del distrito de Gion, así que decidimos volver. Entonces la vemos a la señora haciéndonos señas a lo lejos. Se ha dado cuenta de que nos mandó a otro teatro y se ha puesta a recorrer el barrio buscándonos, para avisarnos de su error. Finalmente, nos acompaña hasta la esquina del teatro, para que esta vez lleguemos seguro. No es la primera vez que alguien se desvía de su camino para orientarnos o darnos una mano en Japón, y no deja de sorprendernos.

Con nuestras entradas ya en mano, avanzamos un poco más hacia el Sur, hasta el Sanjusangendo, el templo de las 1001 estatuas doradas de Kannon, del que ya he hablado en una entrada anterior.

Por desgracia, no está permitido sacar fotos en el interior de la sala, así que nos tenemos que conformar con fotografiar el exterior y comprar una postal en la tienda de souvenirs al final del recorrido. El Sanjusangendo es una larga sala donde una Kannon central, sentada sobre una flor de loto, es flanqueada por otras mil estatuas de Kannon, quinientas de cada lado. Delante, hay otras esculturas de madera. Son los típicos guardianes de los templos budistas. ¡Impresionante!

Otra vez hacia el Norte, detrás de Gion, adentrándose más en la montaña, comienza el distrito de Higashiyama, y subiendo la ladera se llega a uno de los templos más famosos de Kyoto: Kiyomizudera.

Los mejores momentos para visitarlo son la primavera, con los cerezos en flor, o el otoño, donde todo se colorea de rojos y naranjas. Las dos cosas al mismo tiempo no se pueden, pero es primavera, así que tenemos el placer de verlo en todo el esplendor del sakura. Desde la terraza del hall principal del templo es posible apreciar las copas rosadas de los cerezos.

El edificio resulta aun más impresionante si uno tiene en cuenta que para su construcción no se usó ni un solo clavo, todo fue construido por sistemas de encastre, como es propio de la arquitectura tradicional japonesa.

Hay en este templo una fuente digna de mención, pues tomar agua de ella trae buena fortuna. Su usan unos tazones de mango largo, con los que uno junta agua de uno de tres cursos. Dependiendo del curso de agua que uno elija, obtiene buena salud, éxito en los estudios o éxito en el amor.

No sabemos qué curso corresponde a qué fortuna, pero es de mala suerte tomar de los tres, la fortuna se vuelve en tu contra si sos avaricioso, así que elegimos al azar. Mientras hacemos cola para tomar agua, la naturaleza nos roba un suspiro de admiración a todos los visitantes. Una briza repentina sacude las copas de los árboles y levanta una lluvia de pétalos rosados.

Saliendo del templo, con la suerte ya echada en la fuente, nos metemos por las callejuelas de Higashiyama, donde hay cantidad de tiendas de souvenirs y productos tradicionales: abanicos, cerámica, dulces. Cruzamos la emblemática pagoda de Yasaka, el último vestigio de lo que fue el templo Hokanji, que ya no existe, y volvemos a adentrarnos en Gion.

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Hacemos una breve parada en el santuario Yasaka, que aunque lleve el mismo nombre que la pagoda, es otra cosa. Este santuario es famoso por ser el epicentro del Gion Matsuri, uno de los festivales de verano más famosos de Japón, y el Setsubun de febrero, en el que las geishas del distrito de Gion tiran granos de soja desde el característico escenario de baile del santuario, como ritual de buen augurio.

De ahí, al teatro. Ya se acerca el horario de nuestra función. Mientras esperamos a que abran las puertas, vemos a dos maiko pasar ligeras frente a nosotras y meterse en el teatro, sin darnos tiempo siquiera a sacar la cámara. Parece como si flotaran en lugar de caminar. Hemos reservado lugares en un palco compartido, con muy buena vista del escenario. Aprovechamos a sacar algunas fotos a la sala antes de que comience la función, porque una vez que se levanta el telón, está prohibido.

La función dura una hora, dividida en varios actos y unos vestuarios que lamentamos no haber podido fotografiar. Nos quedan el programa, algún folleto y una revista como recuerdo.

Antes de regresar al hotel paseamos sin rumbo fijo por los alrededores del teatro, nos asomamos al río y entramos en una librería de usados, porque es que donde vemos libros, ahí entramos… es como una fuerza superior que nos llama y nos resulta imposible resistir.

Ya en el hotel, Miguel se sienta a leer en los sillones de un hall compartido que da a un pequeño jardín japonés, mientras yo reviso los planes para mañana. Por la noche nos relajamos en los ofuro, los famosos baños compartidos que ya hemos probado en Hakone. Hay uno para mujeres y otro para hombres. Digo compartidos, pero hoy los tenemos para nosotros solos, porque somos los únicos huéspedes que los estamos usando y podemos relajarnos a nuestras anchas, sumergidos hasta el cuello, escuchando el sonido suave de las fuentes que desembocan en las piletas de agua caliente. Excelente manera de terminar el día.

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