PRIMAVERA EN JAPÓN – DÍA 13 (Himeji)

viernes 9 de abril

Cerca de Osaka, en la ciudad de Himeji, está uno de los castillos más hermosos de Japón. En tren desde Osaka se llega en una hora. Y desde la estación solo hay que caminar unos pocos minutos por la calle principal.

Hay cola para entrar, pero por suerte avanza rápido. Durante la espera, admiramos el castillo y su entorno. Es en efecto hermoso, especialmente en primavera, con la enorme cantidad de cerezos en flor que lo rodean y que se destacan contra las paredes blancas. El castillo de Himeji es de los pocos que han sobrevivido bombardeos, terremotos y la época turbulenta de las guerras entre clanes. En realidad, nunca fue atacado. A diferencia de la mayoría de los castillos japoneses, este no ha tenido que ser reconstruido y es íntegramente original.

Dentro del castillo, de seis pisos, hay un museo donde se conservan manuscritos, kakemonos, armaduras samurái y paletas hagoita hermosamente docoradas. Entre los tesoros conservados hay un manuscrito del Kokinshu que dan ganas de llevarse a casa.

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Desde el último piso, donde además hay un santuario, se puede disfrutar de una muy buena vista de la ciudad. En el parque que rodea el castillo, bordeado por cerezos, se está celebrando el hanami. Bajo los árboles de sakura, la gente festeja la primavera haciendo picnic sobre lonas celestes.

En el exterior hay una pared en la que se pueden apreciar los escudos de los clanes que vivieron en el castillo y un pozo encantado en el que habita el fantasma de la sirvienta Okiku, uno de los más famosos de Japón y cuya leyenda inspiró obras de teatro y películas.

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Fuera del edificio principal, en una sala con suelo de tatami, se ha representado una escena en la que dos mujeres juegan kaiawase, una especie de antiguo juego de cartas sin cartas, porque en lugar de ellas se usaban conchas de almeja pintadas que había que hacer coincidir de a pares, como en el actual Memotec. En otra versión del juego, en lugar de emparejar imágenes iguales, había que identificar las dos mitades de un poema, una especie de antecedente del uta-karuta, del que ya escribiré en algún momento.

Después del recorrido, nos tomamos un colectivo hasta el Monte Shosha. Visitaremos un templo en la montaña: el templo Engyo-ji, donde se filmó El último samurái. Si bien es posible subir a pie en poco más de cuarenta minutos, nosotros estamos con el tiempo muy justo, así que preferimos usar el servicio de teleférico que nos acercará hasta la zona del templo. Desde la terminal del teleférico, solo hay que caminar unos quince minutos hasta la puerta de entrada.

Dentro del complejo, se pueden recorrer varios pabellones a través del bosque. En uno de ellos están cantando, o recitando alguna oración budista. En otro, hay una sala de shodo con hojas preparadas para una práctica. Reconocemos en este último pabellón la locación de una de las escenas de El último samurái.

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Tuvimos suerte, por poquito. Llegamos justo a tiempo para entrar a verlo antes de que empiecen a cerrar las puertas de los pabellones.

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