PRIMAVERA EN JAPÓN – DÍA 14 (Kyoto)

sábado 10 de abril

Viajamos de Osaka a Kyoto muy temprano para aprovechar el día. Nuestro equipaje sigue guardado en lockers de la estación. Quedará allí hasta esta tarde, porque todavía es muy temprano para hacer el checkin, pero nos aseguramos de pagar lo adeudado y renovar el depósito. El equipaje puede guardarse durante tres días como máximo, pasado ese plazo es retirado por personal de la estación. Nosotros ya llevamos dos noches fuera, así que no queremos arriesgarnos.

Depositadas las monedas correspondientes, nos dirigimos a la plataforma para tomar un tren hasta la estación Hanazono. De allí, caminaremos hacia el norte hasta el Kinkaku-ji o Pabellón de Oro. Ya en Hanazono, a unas cuadras de la estación nos topamos con un complejo de templos por los que no teníamos pensado pasar, reunidos en torno a uno principal: el Myoshin-ji. Como el camino hasta nuestro destino final es largo, decidimos hacer una breve parada y en lugar de rodearlo lo atravesamos.

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Visitamos el templo principal, para el que no hay que pagar entrada, en el centro de complejo. Esta por realizarse algún tipo de oficio o ceremonia por lo que nos cruzamos con fieles y monjes. Entre todos los pequeños templos que se despliegan a lo largo del camino de piedra, elegimos Tenno-ji, que cuenta con un bello jardín verde y uno pequeño de piedra. En una de sus salas, estudiantes de secundario celebran una suerte de ceremonia del té.

Antes del Pabellón de Plata, hacemos una nueva parada en otro templo al que sí teníamos planeado entrar: el Ryoan-ji, famoso por su jardín zen.

Para ingresar se atraviesa un parque con una laguna rodeada por árboles de sakura. Ya en el templo nos sentamos sobre la madera de la galería para contemplar la paz del jardín y las ramas de un cerezo en flor que asoman sobre una de las paredes.

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El Pabellón de Oro está a pocos metros de allí.

Hay lugares increibles en el mundo que lo dejan a uno sin aire por un instante: el acueducto de Segovia justo en el momento en que uno dobla por la avenida de ingreso a la ciudad y se lo encuentra de frente, los colores de la Quebrada de Humahuaca… el Pabellón de Oro en Kyoto, sus paredes doradas refelajadas en la laguna. Quizás la historia del monje que lo incendió y la novela de Mishima contribuyen a su especial encanto. Miguel se queda especialmente maravillado y lo hace su templo preferido.

Después buscamos la parada del colectivo 204 que cruza la ciudad hasta el Pabellón de Plata, templo hermano del que acabamos de ver, y que está al este de Kyoto. Nos bajamos por la zona donde empieza el camino de la filosofía, o camino de los filósofos, un angosto sendero peatonal que bordea un arroyo en el que nadan peces koi, y donde en esta época del año flotan cientos de pétalos rosados de cerezo.

Cerramos nuestra jornada con nuestra visita al Ginkaku-ji, que se traduce como Pabellón de Plata, aunque de plata solo tiene el nombre.

Si el Pabellón de Oro que vimos hace un rato puede bien ser asociado con la narrativa, este otro, el de plata, es poesía.

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Su jardín de arena y el verde intenso que lo rodea invitan a la contemplación. En una de sus salas hay paneles pintados por Buson, uno de los cuatro grandes poetas del haiku. Aunque sea menos espectacular que el Pabellón de Oro, yo prefiero el de plata: la calidez de la madera oscura, la hermosa vista a la ciudad. Dan ganas de escribir poesía en este templo.

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