Escribir en Japón

Pesentación de Hojas que caen sobre otras hojas, de Miguel Sardegna

El mes pasado se presentó Hojas que caen sobra otras hojas, de Miguel Sardegna, un libro de cuentos de temática japonesa editado por Conejos. Me convocaron para participar en la presentación, y se me ocurrió mostrar la cocina, abrir un poco las cortinas e invitarlos a espiar bambalinas.

Esto es lo que leí.


Recuerdo el día que Miguel empezó a escribir Hojas que caen sobra otras hojas. Fue el lunes 29 de marzo de 2010, en Nikko, durante nuestro primer viaje a Japón. Es posible que ya hubiera escrito algún cuento antes, pero ese es el día en que germinó la idea de escribir una colección de cuentos japoneses. Fue un día muy inspirador. Después de visitar la zona de santuarios y templos, entramos a un negocio a chusmear un poco y comprar algún souvenir; y aprovechamos para preguntar cómo se llegaba a un puente famoso de Nikko. La señora del local nos respondió en inglés (y yo traduzco).

detrás el bosque
como una cortina
el puente sagrado

Con Miguel nos quedamos como… “¡Wow, nos acaban de dar indicaciones en haiku!” Hermosa manera de empezar nuestro viaje por Japón, super literaria.

Hacia la cortina boscosa nos fuimos, la cruzamos, llegamos al puente y seguimos hasta una especie de acantilado tan inspirador como las instrucciones en haiku. Un acantilado donde hay muchas estatuas de Jizo en fila. Difícil asegurar cuántas, porque el número cambia cada vez que uno las cuenta. Ese es el escenario de uno de los cuentos  de este libro, “Cien estatuas de Jizo”. En realidad, en ese momento lo que hizo Miguel fue escribir a las corridas alguna idea o frase. Miguel entre los jizo de piedra, tomando notas en su libreta.

Esa misma escena volvió a repetirse varias veces durante nuestro viaje. De repente me descubro hablando sola, Miguel se ha quedado atrás, lo distrajo algún detalle en una casa en el barrio samurái y se puso a garabatear algo en su libreta. Mientras yo compro las entradas para visitar el Pabellón de Oro, Miguel con su libreta, frente a las enormes raíces de un árbol cubierto de musgo. En la estación, esperando el shinkansen, Miguel escribe unas palabras. Ya sobre el tren, Miguel sigue escribiendo. Ni siquiera la nevisca de los Alpes Japoneses lo disuade de abrir su libreta azul.

En realidad, los dos teníamos libretita. Me avergüenza tener que admitir que la mía, en lugar de palabras, se iba llenando de números. Mientras yo anotaba símbolos de yenes y calculaba gastos, Miguel daba un mejor uso a la suya y guardaba registro de anécdotas, escenarios, frases e ideas.

Se pueden ir rastreando los lugares que visitamos en muchos de sus cuentos. Desde las estatuas de Jizo, hasta las casas de té en el barrio de geishas de Kyoto —donde trascurre el cuento “Imperfección” —, el lago Biwa —que sirve de escenario al concurso de poemas de “La luna en una gota de agua”—, o la fábrica de papel artesanal que aparece en “Viaje a Japón”.

Hay incluso algún cuento autobiográfico (cualquier semejanza con la realidad no es accidental). El fotógrafo japonés que aparece en “La práctica del zen es difícil” —aunque, por suerte, nunca llegó a los extremos intolerables del cuento— existió realmente, y nos persiguió por las calles del barrio de Gion disparándonos con su cámara de fotos, a nosotros, extraños turistas occidentales.

Algunos de los cuentos sirven también como una especie de registro de las lecturas de Miguel. Entre las páginas de su libro asoman Kawabata, los poetas de la corte Heian, Tanizaki. Se cuela incluso algún que otro autor occidental, como Marguerite Yourcenar; o Stefan Zweig, en “Una novela de go”.

Fruto de todas estas experiencias y de varios años de escritura, se reúnen en Hojas que caen sobre otras hojas, cuentos de distinta naturaleza. Los hay fantásticos y realistas. Algunos recurren al humor y al absurdo, otros tienen un marcado tono poético, alguno remite a la épica japonesa. Con el correr de los años, los cuentos de  Miguel han ido ganando en dramatismo. Entre sus últimos cuentos hay dos especialmente trágicos y movilizantes. Probablemente dos de mis cuentos preferidos: “Fría luz de luciérnagas”, en el que rinde homenaje a las víctimas de las bombas de Hiroshima y Nagasaki, y “Mar de Árboles”, en el que aborda el tema del bullying y el suicidio.

Lejos de ser puramente japonés, el libro está —además— atravesado por una visión occidental y argentina. Buenos Aires  está presente, a veces en un escenario o en algún personaje, a veces en la voz del narrador. Esa presencia es Miguel frente a un arrozal verde, internándose en los antiguos caminos de Edo, o tomando aire después de subir mil escalones para llegar a un templo. Y somos también nosotros, sus lectores, a quienes nos invita a conocer, desde su visión personal y argentina, algo de la historia, las formas y la belleza de Japón.

 

 

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